A ti
Hay historias que no empiezan con promesas, sino con tensión.
Con silencios que dicen más que cualquier declaración.
Así empezó lo nuestro.
No hubo nombres, ni planes claros, ni un “esto es”.
Hubo miradas que se sostenían más de la cuenta,
conversaciones medidas,
y esa sensación incómoda —y deliciosa— de saber que algo estaba creciendo
aunque ninguno lo dijera en voz alta.
Él tenía una presencia que imponía respeto.
De esas personas que cuando entran a un lugar, el ambiente cambia.
Yo, en cambio, llevaba el fuego por dentro: curiosidad, intuición, intensidad.
Éramos distintos, y justo por eso el imán era inevitable.
Nos acercamos despacio, como quien sabe que un paso en falso puede romperlo todo.
Cada gesto era una pregunta.
Cada palabra, una frontera.
Y aun así, el deseo de encontrarnos siempre ganaba.
No fue un romance de exhibición,
fue uno de pasillos, de miradas robadas, de conversaciones que parecían normales para el resto pero que para nosotros estaban cargadas de significado.
Lo nuestro no necesitó etiquetas para existir.
Vivió en la expectativa,
en la forma en que el tiempo se detenía cuando coincidíamos, en esa certeza silenciosa de que algo real estaba ocurriendo,aunque no supiéramos cuánto duraría.
Tal vez no fue una historia hecha para quedarse,
pero sí para despertar.
Para recordarme lo que se siente desear sin perder la dignidad,conectar sin poseer, y permitir que alguien entre, aunque sea un poco, y deje huella.
Porque hay romances que no se cuentan por su final,
sino por lo viva que te hicieron sentir mientras existieron.
